Cada vez que se producen injusticias la sociedad espera una respuesta de la Iglesia.

Crisis de los refugiados, guerras, cierres de fronteras ante los desfavorecidos o los «diferentes», conculcación de derechos humanos…

Situaciones injustas que degradan la dignidad de las personas y ante las que la iglesia no puede permanecer indiferente, porque el Evangelio también es compromiso.

Compromiso con la justicia y con la verdad.

Y esto también es evangelización.

Por eso, cada vez que se producen hechos de este tipo, todo el mundo espera las declaraciones de los diferentes líderes religiosos.

Ahora bien, la Iglesia no es, solo, una organización, y la voz de la Iglesia no es, solo, la voz de una persona.

Cada uno de los cristianos formamos la Iglesia y la voz que se debe levantar no es, solo, la de los líderes, sino la de todos los creyentes.

Porque todos somos la Iglesia y todos debemos asumir el mismo compromiso.

 

La Iglesia

Cuando Jesús escogió a sus discípulos no se dirigió al Sumo Sacerdote, ni a los responsables de los Fariseos o de los Saduceos.

Cuando Jesús escogió a sus discípulos se dirigió a personas con el corazón dispuesto.

Del mismo modo, cuando en Ezequiel 22:30 Dios buscaba a alguien que hiciera un vallado y se pusiera en la brecha intercediendo por la tierra no volvió su mirada a los sacerdotes o a los gobernantes, buscó entre todo el pueblo.

Y en aquella ocasión no halló a nadie.

Porque Dios no es un Dios de organizaciones. Dios se define a sí mismo como «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob».

Dios es un Dios de personas, con nombres y apellidos.

 

La obra de la Iglesia

El Espíritu del Señor esta sobre mi, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año favorable del Señor. (Lucas 4:18-19).

Esa es la misión con la que Cristo vino a esta Tierra, y esa es, también, nuestra misión.

Porque Dios no necesita denominaciones o congregaciones para hacer su obra.

Dios busca personas dispuestas a obedecerlo y a aceptar el reto.

En la Biblia vemos cómo el llamado al arrepentimiento es personal: «el que creyere…».

Igualmente, el Espíritu Santo desciende sobre personas de forma individual.

Y el juicio por el fruto y sobre la obra edificada será un juicio individual.

De nada te servirá, ese día, haber estado en una congregación muy activa si tú no has realizado tu parte.

Cierto que la iglesia es un cuerpo y «se juega en equipo», pero la responsabilidad por la labor realizada y nuestra respuesta es individual.

Y en una sociedad como la que nos ha tocado vivir no es necesario hacer grandes inversiones para levantar nuestra voz o ayudar a otros a hacerlo.

 

La voz de la Iglesia

Cuando el profeta Jeremías (1:4-10) recibe su llamado de parte de Dios para hablar en su nombre se excusa diciendo que «era demasiado joven».

Sin embargo Dios le responde «no temas, porque estoy contigo para librarte» y «he puesto mis palabras en tu boca».

Del mismo modo, Cuando Jesús se despide de sus discípulos les dice que cuando estén ante reyes y tribunales no se preocupen por lo que han de decir, porque el Espíritu Santo les guiará.

En Tesalónica algunos creyentes son apresados bajo la acusación de ser «esos que han trastornado el mundo entero» (Hechos 17).

¿Y cómo habían provocado ese trastorno?

Predicando de un solo Dios, de la vida eterna, del pecado y del sacrificio redentor de Cristo, pero también de la igualdad entre todos los seres humanos, hombres y mujeres, extranjeros y nativos, esclavos y libres, ricos y pobres.

Por ello, cuando te pregunten: «Y la Iglesia, ¿qué dice?», no vuelvas tu vista a líderes, pastores, ancianos, obispos…

Cuando pienses en «la voz de la Iglesia» mira a Dios, mira a su Palabra, mírate a ti mismo o a ti misma y piensa: ¿qué diría Jesús ante esta situación?

Porque si tienes a Dios en tu vida tú también eres Iglesia y tu voz es tan necesaria como cualquier otra, para hablar por aquellas personas cuyas voces han sido silenciadas.

Puede que no tengan otra voz más que la tuya.

Por eso, procura utilizar todos los medios a tu alcance para levantar tu voz:

  • Cartas al director.
  • Redes Sociales.
  • Grupos de amigos.
  • En el trabajo.
  • Foros de debate.
  • Y en general, en cualquier sitio en el que sea pertinente.

Y recuerda que no se trata de imponer la moral cristiana a personas que no lo son, se trata de denunciar lo que es injusto.

Desde el respeto y la misericordia.

 

Conclusión

Decía al principio que el Evangelio es compromiso con la verdad y la Justicia, y estas son cosas que a muchos no les gusta.

Por eso, quien quiera vivir una vida piadosa «padecerá persecución».

Y tenemos muchos ejemplos, en la Biblia y en la Historia, de personas que lucharon por vivir una vida de santidad, amor y verdad y que sufrieron persecuciones y pruebas por ello.

Pero lejos de apartarlos de su fe, esas persecuciones nos ha dejado un sinnúmero de testimonios de fidelidad a Dios y de victoria.

Fueron personas que aceptaron el reto de Dios de levantar vallados ante la injusticia y se pusieron en la brecha.

Porque comprendieron que vivir callando ante la injusticia es la peor de las muertes y que sufrir, e incluso morir, por defender la verdad del Evangelio es la mejor de las vidas.

Ruego a Dios que cuando Él busque personas para esos vallados nos encuentre dispuestos a nosotros.

 

Os dejo tres frases para meditar:

Edmund Burke:

«Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.»

Martin Luther King: 

“No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.

Martin Niemöller: 

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

 
Imagen por Esparta Palma en Flickr (CC)

 

 

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